J.J. Villamizar Molina(*)
El libro del Dr. Dandry Omaña Casanova "Visión del hombre y la educación en Nietzsche", ha revolucionado nuestra biblioteca. Todos los humanistas, todos nos afirman que Nietzsche fue un gran enfermo. Un enfermo del cuerpo y un enfermo del alma, un pensador supremamente enfermo. Enfermo del poder avasallante de su sabiduría; del conocimiento ilimitado de su pensamiento sobre el ser humano y su destino, y escuetamente, un trágico enfermo mental, ya que los doce últimos años de su vida vivió arrinconado entre los tenebrosos escombros de la locura. Su verdugo fue la búsqueda de la verdad. Por doquiera que iba Nietzsche le perseguían el conocimiento de la verdad y del hombre como dos implacables e insatisfechas harpías. Esa fue parte de su tragedia. Su vida nos pone a reflexionar sobre la dualidad del genio y la locura. El nació genio. Genio estrictamente hablando en las escalas psicométricas. Fue la mente más poderosa de su tiempo y echó las bases de un pensamiento biologizante, de una inclinación idealista, de un mundo realista y existencialista. El mismo presintió el triunfo reformador y universal de sus doctrinas que vendría, después quizá, de las catástrofes más demoledoras de la humanidad.
En su juventud contrajo una enfermedad venérea, un chancro sifilítico, ocho décadas antes que se descubriera la penicilina. Por eso desarrolló una enfermedad mental que hoy no se ve en clínica médica y psiquiátrica, una forma atípica de la parálisis general progresiva, con sus incongruencias y sus delirios de grandeza. Pero los delirios enfermizos de Nietzsche eran sobre la profusa majestad del mundo de las ideas, sobre el peso insoportable como un fardo pegado a su mente y a sus espaldas que le agobiaba con las estallantes escrutaciones del pensamiento de la cultura universal; sobre la verdad del hombre y su destino, sobre la verdad de la ética y sobre la verdad del alma y de Dios. Jamás un pensador ha sido tan horriblemente torturado por el peso de su genio. Jamás un filósofo había pagado tanto precio por su sabiduría. Y lo llameante del crepúsculo incandescente de su vida fue la tragedia, la miseria, la desolación y la soledad en Nietzsche. Desde joven sufrió las más atroces torturas que pueda resistir un cuerpo humano: migrañas, calambres crueles, ateridas soledades, insoportables indigestiones, la falta de una dulce mujer a su lado, los tumultos de ideas que se le presentaban en impetuosos torbellinos y huracanes de conceptos y doctrinas que él no podía detener ni rechazar. El cloral era su amigo de compañía para poder conciliar unas horas de sueño. Aún no había aparecido el fenobarbital ni otros barbitúricos. Cambió la cátedra de filología en la Universidad de Basilea y los trozos maestros de su patria alemana por las costas del Mediterráneo, por los días luminosos de la Italia meridional. Porque como Goethe clamaba a cada instante por luz, más luz. Sobrellevó el peso de su genialidad, la tormenta de sus ideas y de la verdad que le enervaban y que no le daban tregua con un martirizante y soledoso estoicismo. Se ha dicho que el genio es la revelación de Dios: Pero él había matado a Dios desde un comienzo. Su enemigo mortal fue el cristianismo. Por ello rompió con Wagner. Porque Wagner había vuelto a la concepción del cristianismo cuando compuso la ópera Parsifal.
(*) Cronista de la Ciudad de San Cristóbal.
(*) Decano de los Cronistas de Venezuela.
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